jueves, 20 de noviembre de 2008

UN DÍA DE PERROS

“Mirá, la verdad es que en esto no hay secretos. Con tal de que te gusten estos bichos, ya está. Tenés que agarrar confianza, pero es lo de menos. Es más fácil pasear un perro que tener novia. Al menos los animales no se quejan, ni te piden explicaciones”. Ese fue el último consejo que le dio su amigo, la noche antes de su primera vez.
Como todos los días, a las ocho de la mañana suena la alarma del celular de Diego. Avisa que su día está a punto de comenzar, que no puede tardarse en abrir los ojos, porque de su puntualidad dependen las rutinas de sus clientes. Marcos, con quien comparte el departamento de Juncal y Anchorena, todavía tiene dos horas más para dormir.
Diego tiene veintidós años, nació en Coronel Suárez, una ciudad chica de apenas veinte mil habitantes. Hace cinco años que dejó la casa de sus padres, en el interior y se vino a vivir a la Capital. Empezó a estudiar abogacía, pero después de haber hecho el CBC y tres materias de la carrera, se dio cuenta que ser abogado no era su verdadera vocación. Desde hace un año y dos meses trabaja como paseador de perros. No tiene un gran sueldo, pero es suficiente para hacer las compras en el supermercado, pagarse las salidas de los fines de semana y ahorrar para las vacaciones de verano, en la costa con sus amigos. Los gastos de la comida los reparte con Marcos, aportan ciento cincuenta pesos en un fondo común y con eso hacen las compras. Para hacer rendir el presupuesto, eligen menús sencillos. Las pastas, el arroz y los enlatados son los preferidos. Y todo lo que sobra lo guardan en la heladera y lo recalientan al día siguiente. Sus padres se encargan de pagar el alquiler y los impuestos del departamento en el que vive.
Desde que llegó a Buenos Aires, Diego empezó a buscar un trabajo que le permitiera tener un horario lo suficientemente flexible como para ir a clase y estudiar. Sus padres no le pusieron como condición para mudarse, el hecho de trabajar. Pero Diego tenía en claro que de ganar su propio sueldo dispondría de una mensualidad mayor que la que sus padres podrían darle.
Antes de decidirse a pasear perros, presentó su currículum en un par de estudios de abogados. Al principio tenía la idea de trabajar en algo relacionado con su carrera, pero los horarios y la falta de experiencia, le impedían encontrar el trabajo perfecto.
También tuvo entrevistas para puestos como telemarketer y encargado de asistencia al cliente de una compañía telefónica. Pero ambos cargos lo tendrían alrededor de ocho horas en una oficina, trabajando mucho y ganando poco. A Diego no le entusiasmó la idea de pasar todo el día fuera de su casa y dormir pocas horas. Entonces decidió rechazar las ofertas, porque pensó que en algún momento le ofrecerían un trabajo más acorde a sus exigencias, que le permitiera tener más tiempo libre.
Durante el primer año de carrera conoció a Fernando, un compañero que paseaba perros desde hacía dos años y medio. Fue así como de a poco se fue acercando a ese mundo desconocido. Ante la búsqueda de trabajo de Diego, Fernando le propuso que empezara como paseador. En ese tipo de oficios la experiencia no es fundamental, y no hay que presentar curriculum para conseguir un puesto. Fue una oferta que Diego escuchó con mucha atención. Y se planteó que a diferencia del encierro de una oficina, ahora estaría trabajando al aire libre, la cantidad de horas que él quisiera, sin obligación de hacerlo de lunes a viernes y ganando prácticamente la misma plata que en los puestos que le habían ofrecido.
Decidido al menos a intentarlo, y con la ayuda de Fernando, Diego organizó el recorrido del paseo, pensó la forma de publicitarse y determinó el costo de las horas de trabajo. El Rosedal sería el destino, primero porque está en su barrio y segundo porque no hay impedimentos para pasear perros. A diferencia de algunas plazas donde el espacio es más chico y como están llenas de criaturas, juegos, areneros, bancos, canchas de fútbol, se prohíbe que haya paseadores con perros.
La rutina de trabajo la organizó a partir de una previa charla con sus clientes y luego se convirtió en una condición para potenciales interesados. Les ofreció un precio especial, mensual, por pasear a sus mascotas tres veces por semana, porque tres es un número que cierra. Es una buena cantidad de días para que los perros disfruten del aire libre. Y con una duración de cuatro horas, por la mañana o la tarde.
Cobra noventa pesos al mes, por cada perro que pasea, y en caso de un cliente eventual, cobra diez pesos por jornada. Pero se gana poco con esta clase de clientes, porque las salidas surgen con pocas horas de anticipación. Hay semanas de mucho trabajo y otras donde sólo tiene dos perros. En cambio, ofreciendo una rutina de paseo, con una frecuencia estimativa de dos o tres veces por semana, se trabaja mejor y se gana más, porque es trabajo seguro.
Fernando fue quien le hizo el contacto con su primer cliente. Pero sin quedarse a la espera de otra ayuda de su amigo, hizo unos volantes con sus datos y la descripción de los servicios. Los imprimió en papel color amarillo con letras negras, porque quería que su publicidad sea llamativa. A modo de título puso “paseado de perros” y debajo agregó su nombre y su apellido. Incluyó un párrafo que detallaba en qué consistía su trabajo: “Paseo perros por la zona de Barrio Norte hasta El Rosedal. El recorrido consta de caminatas, juegos y descanso al aire libre. Se asegura responsabilidad y dedicación en el trato con los animales. Días y horarios de paseo a acordar con sus dueños”. El volante además, tenía impresa una foto de un paseador, que como estaba en blanco y negro no se notaba que no era él. Era la imagen de un chico joven posando para la cámara, mientras sostenía las correas de tres perros chiquitos. La agregó porque Fernando le dijo que los volantes con fotos ganan más, hacen más creíble al servicio. Y por último agregó su número de teléfono, subrayado y en un tamaño mayor que el de las demás letras, porque es la información más importante de todo el volante.
Diego comenzó haciendo publicidad en los edificios de su barrio y de a poco fueron llegando nuevas propuestas. Hoy en día es conocido por muchos encargados, quienes recurren a él en caso de que algún inquilino necesite de sus servicios. Además posteó sus datos en una página de Internet donde se ofrecen paseadores, según zonas de residencia.
Los servicios que ofrece, son bastante modestos, sólo cobra por llevar a los perros hasta el Rosedal, hacerlos correr un rato, y devolverlos a sus hogares. Por cuestiones de seguridad, tiene una veterinaria de confianza a la cual recurrir durante una emergencia. Los gastos corren por su cuenta, salvo casos en donde se requiera cirugía o intervenciones riesgosas.
Hace un año y dos meses que Diego trabaja paseando perros. Hoy en día tiene un grupo de 8 clientes fijos, a partir de la ayuda de Fernando y del éxito de los volantes que reparte como publicidad.
Cada vez que lo llaman para averiguar sobre los paseos, Diego tiene preparado un discurso, que repite una y otra vez. Pero no tiene las mismas conversaciones con todos los interesados. Si se trata de un hombre, adulto, Diego lo escucha atentamente, y solo interviene para contestar a las preguntas que le hace. Los hombres hacen preguntas básicas y si llaman, en general es porque su mujer los manda. Porque suponen es el hombre el que tiene que negociar, y además de ser quien conoce de números, impone autoridad en la tratativa.
En cambio, si la que llama es una mujer adulta, Diego toma las riendas de la conversación y en vez de dejar que le haga preguntas, describe cada detalle de los servicios que promociona. Las mujeres son demasiado desconfiadas, preguntan hasta lo más obvio y si las deja hablar solas, pueden exigir cualquier locura. En cambio si les habla sin que ellas se lo pidan, sienten que hay un interés de parte del paseador que les genera seguridad. Las mujeres necesitan que el paseador se ponga en el rol de acompañante terapéutico de sus mascotas, porque quieren que se les brinde atención especial y cariño, para que no sientan la ausencia de sus dueños.
Hablar con gente joven, es lo más fácil. Diego dice que son los que más entienden las posibilidades y las limitaciones del oficio de paseador. No son muy exigentes y nunca discuten los precios. Sólo les interesa encontrar quien haga el trabajo que ellos no pueden por falta de tiempo, que saquen a pasear a sus perros por un par de horas, para que no queden solos en sus hogares y además para no tener que sacarlos cuando vuelven de trabajar.
Su primer cliente fue Fidel, un Cocker Spaniel inglés, al que sacaba a pasear tres veces por semana y llevaba hasta el Rosedal. Para esa época Fernando estaba trabajando con un grupo de diez perros, a los que sacaba diariamente. La dueña de Fidel lo contactó porque Fernando tenía a su cargo dos clientes que vivían en el mismo edificio. Por un problema de horarios, no podía hacerse cargo del animal, así que le consultó a Diego si le interesaba agarrar el trabajo y le pasó su número de teléfono a la dueña de Fidel. Antes de ser contratado, la señora habló con Diego y acordaron que lo pasearía tres veces por semana, durante dos horas, por setenta pesos mensuales.
Cada vez que lo pasaba a buscar, su dueña se lo entregaba vestido y peinado, y además le daba una botella chiquita de agua mineral para que lo hidratada continuamente, porque Fidel estaba acostumbrado a consumir al menos dos litros de agua por día. Diego aceptó el trabajo y las condiciones, sólo porque sabía que por algún lado tenía que empezar. Fernando, le había advertido sobre esa clase de clientes exquisitos y le recomendó que en un principio no dejara de lado esas ofertas. Entonces, Diego siguió el consejo de su amigo.
Existen tres clases de servicios que se ofrecen, para pasear perros. Los paseadores básicos, prometen sacar a caminar a los perros durante un par de horas. Tal cual se los llevan, tal cual los devuelven. En este grupo entra Diego.
Existen paseadores que además de realizar caminatas, incluyen en la tarifa un baño mensual y hasta semanal de los animales. Los precios de este servicio suelen ser el triple que los del servicio básico. Porque el costo de los productos, como shampoo para perros y pipetas antipulgas, son muy elevados y además se cobra mucho la mano de obra, porque los perros se entregan peinados.
Por último, el servicio más completo y exclusivo, incluye no sólo la caminata y el baño semanal, sino el alimento de los perros durante el paseo. Una promoción que incluya la alimentación, requiere una duración de al menos seis horas. Se trata de la opción más cara y no se cobran menos de ciento setenta pesos por mes.
Aún formando parte del grupo de paseadores básicos, Diego cumple con todas las exigencias de sus clientes, como hidratar a los perros cada media hora, y hacerlos correr para que mantengan el estado físico. Pero debe cuidar que no se cansen muy rápidamente porque se estresan y pueden tener consecuencias graves. Un perro estresado cambia el humor, se vuelve más harisco y desobedece a sus dueños. Debe cuidar, además, que ninguno ingiera alimentos u objetos. Es muy común que los perros tiendan a comer todo lo que encuentran, pero es responsabilidad de Diego si alguno sufre consecuencias. Una vez un perro que él estaba paseando, se tragó un hueso entero que estaba en el pasto y se ahogó. A penas sintió que el perro jadeaba de una manera particular, sin sacar la lengua, le metió la mano en la boca y logró sacarle el hueso que tenía atorado. Nunca le comentó el episodio a los dueños, porque era probable que se enojaran por no cuidarlo, en vez de agradecerle por salvarle la vida a su perro.
Diego siempre hizo deporte y tiene resistencia como para caminar y correr, pero después de un día de trabajo, termina agotado. Siente las piernas cansadas y los brazos hinchados. Al principio a lo largo del recorrido paraba solo una vez por media hora, para descansar. Pero Fernando le recomendó que hiciera al menos tres paradas de media hora, así lograría hacer más llevadero el paseo, no sólo para él, sino también para los perros. Los primeros días de trabajo Diego se levantaba a la mañana con dolor de muñecas, hombros y piernas, y durante la noche sufría calambres, por eso había empezado a tomar un suplemento vitamínico que le permitía tener más energía y evitar los dolores. Pero con el tiempo el cuerpo se fue acostumbrando al tipo de actividad física que su oficio requiere.
De lunes a jueves su trabajo se extiende por cuatro horas, los viernes el horario se duplica. Y para que el tiempo se pase más rápido, Diego camina con los perros durante una hora, más o menos, por las calles de la ciudad hasta llegar al Rosedal. A veces elije veredas angostas a propósito, porque así tiene que parar continuamente para darles paso a los demás peatones. Y hasta se queda conversando con algunos encargados de edificios a los que conoció haciendo sus recorridos diarios, con el objetivo de perder más tiempo aún.
Aprendió a detectar cuándo un perro es agresivo, y está por morder a alguien. Percibe que en estos casos los animales cambian el comportamiento, se ponen nerviosos, tiene una respiración más agitada y cuando atacan a otro perro, olfatean a la victima previamente, cerca del cogote. En cambio si la víctima es una persona, atacan sin dar tiempo a prevenir la situación. En estos casos, lo que primero hay que hacer es agarrar al perro de la cola o de los genitales y tironearlo para que se desprendan de las víctimas. Y en el caso de ser posible, tirarles un balde de agua fría. Diego sabe que si un perro ataca es porque siente que su ámbito está siendo amenazado. Los perros se caracterizan por marcar el territorio, por eso cuando creen que alguien quiere ocupar su lugar se defienden.
Diego presenció una pelea canina y el ataque de un perro a un nene. Los dos hechos sucedieron en el Rosedal. La pelea, se desató entre un perro vagabundo y uno que estaba caminando con la correa suelta, y sin paseador a la vista. Diego estaba a la orilla del lago, mientras los perros que él llevaba tomaban agua. Los dos perros en cuestión, empezaron a gruñirse, y era predecible lo que iba a suceder. El perro vagabundo atacó en una de sus patas traseras al que estaba con la correa suelta. En ese momento, apareció un hombre que pateó al vagabundo y alzó en sus brazos al perro que estaba herido. Desde entonces, Diego que también suele dejar a los suyos con las correas sueltas, separa a los perros que empiezan a olfatearse, para prevenir cualquier situación.
También vio cuando un nene, de unos seis años, quiso sacarle de la boca, una pelota con la que su perro estaba jugando. El animal le mordió una mano, el nene empezó a llorar, y sus padres en ese momento percibieron lo que había sucedido. Diego pasó caminando justo por al lado de donde ocurrió el ataque, unos segundos después del hecho. Vio toda la secuencia, intentó alertar a los padres que estaban a unos metros del nene, pero con el grito que pegó cuando el perro le clavó los dientes, no fue necesario su aviso. El perro le dejó la marca en su mano derecha, que estaba llena de sangre, aunque no parecía una herida demasiado profunda.
Ya con más experiencia en el oficio, entendió que el control de los perros está en las correas. Cada movimiento está determinado por la manera en que Diego tira de las cuerdas. Por ejemplo, cuando deben para porque no pueden cruzar la calle, Diego se frena y espera que los perros lo hagan cuando las cuerdas se tensen por la distancia que los separa. Pero cuando debe detenerlos de golpe, Diego tira de las correas de manera vertical, porque el collar va a hacer presión sobre la yugular, y los perros inmediatamente se inmovilizan. Cuando es momento de seguir caminando, hace un movimiento con las manos semejante a un latigazo, y así los perros avanzan.
Diego siempre fue perrero. Cuando era chico su abuelo le regaló a él y a su hermano un perro al que lo llamaron Duke. Fue su primera mascota, creció con él. Donde Diego iba, ahí estaba Duke. Fue ese compañero inseparable que todas las noches dormía a los pies de su cama como si fuera un guardia de turno. Es por eso que la idea de ser paseador no le parecía difícil, porque imaginaba que la mayoría de los perros que hayan sido criados en un ambiente familiar, que no hayan sido abandonados ni maltratados, serían igual de fieles, obedientes y tranquilos que Duke.
Diego sabe que cada día que sale a trabajar, poco se va a parecer al día anterior. Él no es el mismo, su humor y su energía son muy cambiantes, y los perros tampoco son los mismos, hay días en que están con ganas de caminar, y otros en donde hay que forzarlos. A veces le es difícil despegarse de la almohada y enfrentarse al frío extremo, al viento o a temperaturas tan altas que impiden pensar con normalidad. Por momentos se siente atrapado por su trabajo, pero solo le pasa si no durmió bien o está de mal humor, porque cuando lo vuelve a pensar no se imagina haciendo otra cosa.
Ni siquiera el recorrido que realiza desde que pasa a buscar a los perros, es el mismo todos los días. Para no cansarse de ver el mismo paisaje, Diego opta por llegar al Rosedal a través de diferentes caminos. A veces prefiere las avenidas con veredas anchas y a veces que prefiere calles más angostas pero menos transitadas. Por más que tenga una clientela fija de ocho perros, no los saca a todos juntos, ni todos los días.
Lunes, miércoles y viernes por la mañana, saca al grupo de los chiquitos. Como él los identificó, tienen un tamaño pequeño, algunos son tan compactos que se llevan en la cartera. Este grupo está integrado por Frodo, un Beagle de 2 años, que tiene un temperamento un poco complicado, es peleador, pero si lo saca con los perros más grandes, tiene miedo de que se peleen. Mica, que es una perra como el de la publicidad de Hush puppies. Es larga, con orejas enormes y con cara de tristeza. Tiene 5 años, es una perra que se considera adulta y debido a su contextura y a su edad no puede caminar muy rápido. Por la poca altura que tiene, antes de salir a la calle su dueña le pone un collar alrededor de la cabeza que le sostiene las orejas, esto sirve para evitar que las arrastre y se las pise. Y por último, el grupo de los chiquitos está integrado por Pupé, una Shorkshire terrier, muy coqueta. Tiene una gran cantidad de atuendos que usa durante los paseos, y siempre está peinada con una colita encima de los ojos como si fuera una cascada.
Los martes, jueves y viernes a la tarde, les toca el turno a los grandotes. Son perros que requieren un cuidado más riguroso. Tienen otro ritmo. Son más temperamentales, y se necesita más fuerza para manejarlos. Son perros que en promedio, pesan como una persona de 20 años. En este grupo hay un Rottwailer llamado Paco. Al que debe colocarle un bozal antes de sacarlo a la calle por un tema de seguridad y de prejuicio colectivo con la raza. Sus dueños le contaron a Diego que cuando era cachorro mordía fuerte, tiene los dientes muy afilados y por eso no se quieren arriesgar. Jaime es un Labrador Retriever, que es la raza más hiperactiva de todas según Diego. Es un perro muy alegre, pero suele ser agotador, porque nunca se cansa. Al principio tenía miedo que con la intensión de jugar, se pusiera muy cargoso con los demás perros, y que estos terminaran mordiéndolo para que dejara de molestarlos. Pero al parecer Jaime entendió la dinámica del grupo. Tigre es un Boxer al que Diego conoce bastante, porque fue el segundo cliente de toda su carrera como paseador, es un perro al que le gusta que lo acaricien y le estén todo el día encima. Está acostumbrado a vivir en una familia con cuatro hijos y a jugar siempre con ellos. Lucas es un Dobermann, que desde cachorro está acostumbrado a relacionarse con otros perros. Por lo general es una raza que se supone agresiva, pero todo depende de cómo se los críe, y Lucas está bastante alejado de la agresividad. Por último, en este grupo está Canino, que es un Bobtail. Estos perros tienen una contextura bastante grande, son altos y pesados, y aparte tienen mucho pelo. En verano se los pela para que no sufran tanto. Y cuando tienen el pelo largo, les tapa los ojos, por eso hay que mantenerles el flequillo prolijamente cortado.
A lo largo de este año y dos mese meses, Diego se ha hecho conocido de dos compañeros de trabajo, Maite y Miguel, a quienes ve diariamente caminando alrededor del lago. Además de ayudarse a vigilar a los perros que tienen a su cargo comparten largas conversaciones. Charlan sobre sus clientes, los perros y las vidas paralelas que llevan. Maite es la que más experiencia tiene en el rubro, tiene veintisiete años, estudia para maestra jardinera y hace tres que pasea perros. Tiene en claro que, apenas se reciba y entre a trabajar en algún jardín, deja a los perros para dedicarse de lleno a su carrera.
Miguel tiene veinticinco años, no estudia, y hace dos que trabaja de paseador. Además toca la guitarra en una banda que hace tributos a Joaquín Sabina. Entre el trabajo de músico y de paseador, gana suficiente dinero como para vivir. No le sobra, pero al menos le alcanza para pagar los impuestos.
Un día en la vida de Diego comienza a las ocho de la mañana. Para despabilarse suele darse una ducha, antes de desayunar. A las nueve de la mañana sale de su casa, y camina siete cuadras hasta llegar a su primera parada. El día en que le toca pasear al grupo de los chiquitos, Diego busca en primer lugar a Frodo, el Beagle. Y es Julio, el encargado del edificio donde vive el perro, el responsable de entregárselo. Luego camina cuatro cuadras más en busca de Mica, que lo espera en la puerta junto a su dueña. La que todos los días despide a su perra con un beso en el hocico y le pide a Diego que se la cuide mucho. Y por último, retrocede dos cuadras, para buscar a Pupé. Esta última perra, va con su dueña a llevar a sus hijos a la escuela. Es por eso, que Diego tiene que hacer tiempo hasta que vuelvan para poder seguir el recorrido.
Los días del grupo de los grandes, el recorrido comienza con Lucas y Canino. Ambos viven en el mismo edificio. Diego llega a las nueve y media en punto, toca el timbre del departamento “B” del quinto piso, la dueña de Lucas ya sabe que lo vienen a buscar y avisa que ya están listos. Y en el camino hasta planta baja, se encuentran con Canino. Tigre, Paco y Jaime viven en la misma cuadra, y están a dos de los demás. Sus dueños los esperan a Diego, y al resto de los perros en el hall de sus respectivos edificios.
Cuando los grupos están completos, Diego cruza Barrio Norte hasta llegar al Rosedal. Camina con los perros alrededor del lago. Cada treinta minutos descansa, y los lleva a la orilla para que tomen agua. Después del descanso, va hasta algún lugar donde haya césped, lejos de las calles de alrededor del lago y suelta las correas, para que los perros puedan caminar solos y tranquilos por un rato. Ante su atenta mirada, aprovechan para jugar con alguna pelota de tenis que Diego guarda en su mochila, y él mientras se junta con Maite y Miguel a charlar. Después de un receso de treinta minutos, los agrupa y emprende el regreso.
Cuando finaliza el paseo, cada perro es entregado a sus dueños en el orden inverso al que fueron pasados a buscar, por una cuestión de organización y comodidad.
Diego cumple al pie de la letra su rutina, siempre y cuando los días sean soleados. Los días de lluvia, se suspende el paseo por una cuestión lógica. Y los días húmedos, que son aquellos en los que ha llovido antes del recorrido, el paseo se ve reprogramado. Estos días, Diego no lleva a los perros al Rosedal, porque es un espacio abierto, donde hay mucho césped y cada vez que llueve se junta mucho barro. Y como no ofrece servicios de bañado, no podría devolverlos todos embarrados. Entonces estos días los pasea por la ciudad. Diego recorre Palermo, Barrio Norte y parte de Recoleta. La duración del paseo es siempre la misma, son cuatro horas. Los días húmedos son los más cansadores, porque las horas pasan más lentas y el trabajo se hace más complejo. Es difícil caminar con tantos perros por las calles de Buenos Aires. Las veredas son angostas, y los vecinos de las zonas por las que pasea, son muy exquisitos. Nunca faltan las señoras paquetas que fruncen la frente y con voz chillona le dicen a Diego, que se cree el dueño de las calles y que antes las cosas eran diferentes. Parece que el barrio las agrupa y se encuentra con estas señoras a diario. Al principio Diego agachaba la cabeza y pedía disculpas, ahora ya no las escucha.
Si se larga a llover en medio del paseo, no puede devolver a los perros a sus casas, por dos motivos: no todos sus dueños estarán en sus hogares para recibirlos antes de tiempo, y caminar debajo de la lluvia, implica que lleguen sí o sí mojados y hasta embarrados. Por eso, en el caso que llueva durante el horario del recorrido Diego tiene que encontrar algún lugar techado. Los Arcos de Palermo son un lugar especial para eso. Porque hay arcos que están abandonados y no es un lugar de tránsito para la gente, además están a metros del Rosedal, y no tiene que caminar mucho para encontrar el refugio.
En el caso que eventualmente se enferme, o suceda algún imprevisto Diego se encarga de llamar a cada uno de los dueños de los perros avisando que el paseo se cancela. Siempre y cuando sea él quien lo suspenda, o reprograma la salida o descuenta a fin de mes los diez pesos que cobra por jornada. En el caso que algún perro no esté en condiciones de salir, los dueños llaman a Diego para avisarle, aunque muchas veces se ha enterado en el momento que los está pasando a buscar. Estas veces Diego no descuenta a fin de mes el valor por jornada de paseo.
Durante todo el año Diego solo se toma quince días, correspondientes a sus vacaciones de verano. En esas dos semanas, que van entre la última de enero y la primera de febrero, Maite o a Miguel se hacen cargo de pasear a sus perros. Pero es una época en la que Diego trabaja con la mitad de sus clientes, porque el resto está veraneando con sus dueños. Hay semanas en que pasea sólo uno o dos perros. En esos casos Diego acorta las caminatas y sin avisarle a sus dueños, los lleva a su departamento. El calor los agota y en vez de pasar horas al rayo del sol, prefiere jugar con ellos en su casa. No tiene un gran espacio para estar con los perros, pero al ser sólo por un par de horas, se acomodan como pueden. Durante el verano Diego vive sólo. Marcos vuelve a Coronel Suárez para pasar los dos meses de vacaciones que tiene entre que termina de cursar y empieza con las mesas de exámenes de febrero. Por eso Diego, tiene la posibilidad de adecuar el living según sus necesidades. Cuando lleva los perros a su casa, corre los pocos muebles que tiene para agrandar el espacio.
A lo largo de su corta carrera ha tenido que rechazar posibles clientes. De hecho, es algo que ocurre habitualmente. Puede ser porque los horarios en los que él hace los recorridos no coinciden con los horarios en que los dueños necesitan pasear a sus mascotas, o por circunstancias más complejas, como perros con alguna enfermedad, en celo, o agresivos.
La vestimenta de trabajo es siempre la misma. Tiene ropa que usa sólo para los paseos, como joggins, bermudas y las remeras viejas. Estas prendas tienen marcas de manchas que el lavarropas no pudo sacar. Trabajar con perros implica estar propenso a que te dejen sus huellas marcadas en la ropa, a que te claven las garras y te agujereen las remeras o los pantalones.
Apenas vuelve del trabajo, come y se cambia. Su día continúa. Después de almorzar, llega el momento de la siesta. Los viernes aprovecha para hacer un turno de paseos a la tarde, y es entonces que sale con el grupo de los grandotes. Los viernes no vuelve a su casa ni para almorzar. Deja al grupo de los chiquitos, come algo por el camino, y pasa a buscar a los grandotes.
Hay momentos en donde aprovecha de su condición de paseador, por ejemplo cuando sale con sus amigos los fines de semana y conoce alguna chica. Diego sabe que su trabajo le da un toque de sensibilidad muy especial. Las mujeres buscan hombres fuertes, cariñosos y responsables. Y así es como se describe cuando habla de su trabajo. Nunca faltan las anécdotas que lo dejan en el lugar del héroe que rescata a sus perros de posibles peligros, ni las explicaciones de cómo genera lazos de fidelidad con los animales. Diego dice que siempre se suma un punto a su favor si habla de su trabajo. Y es por eso que su oficio se convirtió en un recurso casi fundamental para tener éxito con las mujeres.
El trabajo del paseador tiene una duración estimada de cuatro años. Y aún sabiendo que existe ese límite, que pocos logran cruzar, no se imagina haciendo otra cosa. De todas maneras no se presiona, por el momento está cómodo y tranquilo con lo que hace. Pero sin olvidar el objetivo que lo trajo hasta la Capital, Diego estudia la posibilidad de en algún momento empezar con una nueva carrera. Aún no tiene nada en concreto.

1 comentario:

Anónimo dijo...

casi casi m pongo a llorar :) entre ak xq estaba buscando qué datos poner para el volante de paseadora de perros, amo los perros pero se que es un trabajo que requiere de mucha responsabilidad, es casi como cuidar chicos.
La verdad que me encanto la historia y me sirvio para saber lo que me espera.
Gracias

Pau